22 de septiembre de 2017

Montaigne para demócratas

EN estos momentos no viene mal asomarse a los Ensayos (que debiéramos retitular por Ensayos íntimos o Ensayo de una intimidad). Claro que los que debieran leer esta cita, no la leerán, y a los que la lean, probablemente no les haga falta, porque ya la conocen.

"Nada oprime al Estado, sino la innovación. Sólo el cambio da forma a la injusticia y a la tiranía. Cuando alguna pieza se descompone, se la puede apuntalar. Podemos oponernos a que la alteración y corrupción natural de todas las cosas nos aleje demasiado de nuestros inicios y principios. Pero intentar refundir una masa tan grande, y cambiar los cimientos de tamaña construcción, es tarea propia de quienes para limpiar borran, de quienes pretenden corregir los defectos particulares mediante la confusión universal, y curar las enfermedades con la muerte" (Lib III, cap. IX. Traducción de JBayod. Acantilado, 2007).

Lo cual nos lleva a aquella conocida frase de d'Ors, gran catalán, sobre el champán y la gaseosa.

15 de septiembre de 2017

Dos versiones de lo mismo

YA han saltado al terreno de juego. Nadie va a jugar con ellos ni contra ellos. Tienen para sí todo el campo, y se hinchan a meter goles en la portería vacía. Lo más gracioso es cómo los celebran, echándose encima unos de otros, abrazándose, desgañitándose, levantando los brazos y corriendo por el campo, vacío de contrarios, para enardecer a las gradas, abarrotadas de seguidores y entusiastas que corean exultantes: "¡Este partido lo vamos a ganar!". Y todo a un paso del manicomio.


* * *

YA han puesto sus pies en el ruedo. Hacen el paseíllo entre vítores. Abren la puerta de corrales, pero no sale ningún toro. Da igual. El torero de turno sale a los medios y empieza a pegar pases de salón, al aire, recreándose en la suerte. Lo más gracioso es cómo los celebran en las gradas: "¡ole! ¡olé! ¡ooooolé!", y abrazándose, desgañitándose, echándose las manos a la cabeza, incrédulos, pletóricos: "¡Torero, torero, torero!", mientras una pañolada blanca, unánime, pide para el maestro las dos orejas y el rabo. Y todo a un paso del manicomio.

11 de septiembre de 2017

Medio artículo de costumbres

NO sabemos quién estuvo detrás del diseño de las cubiertas de los Episodios Nacionales de Galdós, que empezaron a publicarse en 1872 y siguieron apareciendo hasta 1912. Probablemente su autor. Es uno de los grandes logros tipográficos  por su sencillez, audacia y antelación. Vistas una vez, no se despintan de la memoria: a sangre, una bandera de España, roja, amarilla, roja, en franjas verticales, sobre las que están impresos el nombre del autor y el título de la obra.  Las cuarentaiséis cubiertas son diferentes y las cuarentaiséis son iguales. Se hicieron tiradas de miles de ejemplares, difundidos en España e Hispanoamérica, y su popularidad fue tanta, que hicieron rico a Galdós. En aquel tiempo todo el mundo las reconocía. Todos, excepto los anarquistas que tras descubrir unos ejemplares durante el registro de una casa, en la guerra civil, se llevaron a su dueño por creerlo un peligroso monárquico. Los soldados republicanos que ocuparon en los primeros meses de la guerra la casa de nuestro amigo Ramón Gaya y su mujer Fe, situada en el frente del Manzanares, la saquearon al hallar entre los libros de su biblioteca algunos de San Juan de la Cruz,  Santa Teresa... y de los Episodios

Galdós, en Sabadell, hoy, va a tener de momento más suerte que Larra, Bécquer o Calderón de la Barca (“parte del modelo pseudo-cultural franquista”), porque al no tener una calle en ese pueblo, las almas bellas que ocupan su ayuntamiento no se la podrán quitar. Lo mismo la tiene, en cuyo caso miel sobre hojuelas: otro más al talego. A Antonio Machado se lo llevaron detenido también por sospechoso españolista y anticatalanista, pero de momento han dejado que se vaya. Antes, no obstante, le han advertido: “Ojito con lo que haces, que te tenemos controlado”. A día de hoy no se sabe la suerte que correrán las calles que llevan el nombre de Moratín, don Juan Valera  o Garcilaso (este además fue soldado del ejército español, duro con él). Así hasta cien calles. Uno, que anda estos días releyendo a Larra, se imagina el mucho provecho que habría sacado él de todos estos esperpentos nacionales. Pero a mí, con ni la mitad de su talento, este artículo de costumbres ya no me da para más. Sólo difiero de Larra en una cosa: escribir en España no es llorar. Escribir en España es, hoy por hoy, para troncharse de risa (y no echar gota). 

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de septiembre de 2017]

8 de septiembre de 2017

Unidad de destino

Tras la aprobación, ayer, en el Parlament de la sedicente y sediciosa Ley de Transitoriedad, el presidente del Govern Puigdemont, el vicepresidente Junqueras y la presidenta del Parlament Forcadell, han hecho esta solemne declaración conjunta:

"Ha llegado la hora: Cataluña es una unidad de destino en lo universal".




4 de septiembre de 2017

El carlismo ataca de nuevo

ES casi lo único que conserva de una primera versión este artículo: el título. Por suerte, llegamos a tiempo de retirarlo, y yo de corregirlo. He querido mantener el título porque en cierto modo es lo único de él que sirve todavía. Trataba esa primera versión de los ataques que estaba sufriendo el turismo en Barcelona por parte de los nuevos carlistas, aquellos que no sólo quieren que no venga nadie de fuera, sino que, si de ellos dependiera, impedirían que nadie de dentro viajara a ninguna parte. Se decía en él que si quienes combaten al turismo fueran coherentes, quemarían sus pasaportes. El título hacía referencia a una conocida  frase de Baroja (“el carlismo se cura viajando”), pero los atentados de las Ramblas y de Cambrils lo cambiaron todo. La primera versión de ese artículo recordaba  que el mundo moderno, también España, es consecuencia del contacto e intercambio de las gentes, y que el turismo se verá en el futuro como el primer paso hacia un planeta más justo y  sin fronteras,  y por tanto sin suprematistas ni xenófobos, donde nadie tenga que decir: soy extranjero en mi propia tierra, porque toda la tierra es de todos. 

Las víctimas de estos atentados han sido, en su mayor parte, turistas. El turismo, es previsible, descenderá ahora en España, como descendió en Egipto o Túnez, y de manera especial en Barcelona, como ha descendido en Londres y París. Por esa razón, es necesario, más que nunca, que los flujos turísticos no se interrumpan. Racionalícense cuanto quieran, busquemos entre todos un modo de hacerlos más armónicos y provechosos, cuidados y enriquecedores. Nuestra civilización, desde Jasón a Marco Polo, de Colón a Darwin, ha hecho del viaje, del intercambio de conocimiento y del contraste de culturas una herramienta indispensable para la forja de esos tres principios que los vesánicos de todas las épocas han combatido, y combaten, con saña y furia: libertad, igualdad y fraternidad.

Siempre que iba a Barcelona pasaba por la redacción que La Vanguardia tuvo durante cien años en la calle Pelayo. Lo primero que haga la próxima vez que vaya a Barcelona será sentarme en una terraza de esa calle, beber una caña, dar un paseo por la Ramblas, y hacer lo que todos los turistas: al carlismo se le combate viajando.

   {Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de septiembre de 2017]

27 de agosto de 2017

Furia

SI alguna vez la vio, desde luego que la recuerda. Un forastero, de paso por una pequeña ciudad, es acusado de un crimen execrable. Lo encarcelan y el pueblo, ah, el pueblo, hace justicia, metiéndole fuego al calabozo donde lo custodia el chérif. Sólo que el forastero era inocente, un buen hombre, trabajador y honrado (Spencer Tracy). En la segunda parte, los jueces sientan en el banquillo a veintidós acusados de linchamiento, y cuando estos cobardes están a punto de burlar la justicia una vez más, defendidos en esa ocasión por el perjurio de parientes, amigos y vecinos, Fritz Lang, que tituló esta película Furia, da un vuelco inesperado a la historia, prerrogativa de los genios.

Acaba de suceder algo parecido, con simetría inversa. La gente, la buena gente, no ha dudado un segundo en ponerse del lado de Juana Rivas, que, desacatando la ley, se ha negado a entregar sus hijos a su exmarido (un forastero, un italiano, condenado por malos tratos hace años), y se ha fugado con ellos. Al escribir esto seguía en paradero desconocido, y su pueblo, Maracena (Granada), amaneció sembrado de carteles: “Juana está en mi casa”, brindis fuenteovejuno del “Juana somos todos”. 

Muchos (desde una exministra socialista hasta... ¡el presidente del Gobierno!) han corrido a hacerse un selfi ya que no con Juana Rivas (declarada en rebeldía), junto a su caso, dando a entender que la justicia puede esperar sentada si, como ahora, resulta tan impopular. Lo extraño en todo este suceso es que nadie parece haberse tomado la molestia no ya de acatar una resolución judicial, sino de leer esa sentencia y sus fundamentos. Todos hemos imaginado alguna vez lo que podría sucedernos si, acusados de un delito que no hemos cometido, no pudiéramos probar nuestra inocencia. Otra gran película, Falso culpable, trata de este asunto de las pesadillas kafkianas. No se juzga hoy si ese hombre es o no culpable de malos tratos (que él negó siempre), sino el propio fuero: qué nos obliga a acatar una sentencia (del Tribunal Constitucional, por ejemplo), si damos por bueno que se desobedezcan aquellas otras que no nos gustan. La furia condenó a Spencer Tracy y la furia quiere absolver a Juana Rivas. Claro que siempre habrá quien crea que una mancha blanca es menos mancha que otra negra.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 27 de agosto de 2017]

16 de agosto de 2017

Irse

CADA cierto tiempo salta a la palestra (dicho en tono  gimnástico) un asunto relacionado con la lengua española que divide a  la opinión pública en controversias tan enconadas como recreativas y pasajeras. La gente, incluso sin tener ni idea, porque a menudo se trata de asuntos peliagudos (cortar pelos en tres), toma partido por uno u otro bando. Sucedió hace unos años con la tilde de sólo (“¿Me he tomado un café solo o me he tomado sólo un café?”) y ha vuelto a suceder con el imperativo Idos (correcto) e Iros (que la Rae, admitiendo su incorrección, acaba de acreditar). Lo extraño es que en pleno birlibirloque (“¿café solo para todos” o “café cortado sólo para unos?”) nadie haya visto en ese idos o iros un criptomensaje del lado oscuro de la fuerza. Sin entrar en esto último, digamos que la solución a tan formidable disputa corrió  (pasémonos al tono artillero) como la pólvora: “Ni íos, ni idos, ni iros... irse”, tal y como dejó dicho en frase inmortal Lola Flores, La Faraona, a una turba de seguidores que, en medio de la boda de su hija, amenazaba con la estampida: “Si me queréis, ¡irse!”. 

La lengua es lo que la gente quiere que sea, y la que tenemos por un dechado, la de Cervantes, está llena también de incorrecciones. Vaya que sí. Una lengua sin ellas es una lengua muerta, académica, embalsamada. Que lo digan, si no, los académicos. Entre las acepciones que el diccionario de la Rae da de la palabra académico, por ejemplo, es llamativo que no haya ni rastro de ninguna despectiva, como inane o pesado. Lo que digan, pues, algunos académicos, de idos o iros, o lo que no digan de académico, ¿importa mucho? 
El pintor Gutiérrez-Solana, que tanto se rió de las academias, fue autor, como es sabido, de media docena de libros extraordinarios que han tardado un siglo en  formar parte de la literatura. Son una extraña mezcla de instante y sucesión, poesía y prosa a un tiempo. La suya está, no obstante, sembrada de coces a la ortografía y licencias tremebundas. Una de las más divertidas es escribir eruptar por eructar. “Eruptando sus latinajos”, dice de unos curas. ¿Incorrepto? Según: ¡cuánto de erupción volcánica tiene a veces un eructo! Y al revés, cuántas erupciones se quedan en eructos o parto de los montes. Íos, idos o iros a la política para verlo. Y por supuesto: la lengua, cuando esta viva, además de elevarse, también sabe reptar.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 13 de agosto de 2017]